Pasado de rosca. Sobre Javier Cercas y Francisco Espinosa

 

Sebastiaan Faber
Catedrático de Estudios Hispánicos y autor de “Memory Battles of the Spanish Civil War: History, Fiction, Photography”
(Vanderbilt University Press, 2018)

 

Un “émulo fiel de Adolf Hitler”. Así califica el escritor extremeño Javier Cercas al historiador Francisco Espinosa, también extremeño, en su columna en El País Semanal del 4 de mayo pasado. El texto de Cercas es un ejemplo perfecto de lo que el politólogo Ignacio Sánchez-Cuenca ha llamado “desfachatez intelectual”: la costumbre entre algunos intelectuales públicos españoles de expresarse sobre temas importantes con una mezcla de “frivolidad en los contenidos y prepotencia en la forma estilística”; y de responder a cualquier forma de crítica de forma impetuosa, exagerada e irresponsable. Para mayor ironía, el tema de la columna de Cercas es, precisamente, la calumnia.

¿Qué hizo Espinosa para merecerse esta calificación desmesurada? Escribió dos artículos en eldiario.es que analizaban críticamente El monarca de las sombras, libro publicado por Cercas a comienzos de 2017. En El monarca, Cercas relata una investigación histórica inspirada por las peripecias de un tío abuelo suyo, Manuel Mena. Nacido, como el propio Cercas, en Ibahernando, un pueblo en la provincia de Cáceres, Mena se alistó entusiasta en el ejército rebelde y murió en la Batalla del Ebro a los 19 años. Cercas, cuyos padres se mudaron a Catalunya cuando era niño, se crió con la presencia fantasmal del pariente muerto. Para su madre, el tío Manolo había sido un héroe.

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Vista parcial de Ibahernando hacia 1932 (Foto: Asociación Cultural Vivahernando)

Confiesa Cercas que la tensión entre esta leyenda familiar y su propia posición política —antifranquista, demócrata— le produjo, durante muchos años, una sensación de vergüenza. Porque, además, el tío abuelo no había sido una excepción: sus dos abuelos habían sido concejales de derechas en el pueblo y el abuelo paterno, Paco Cercas, había luchado en el ejército rebelde, además de haber sido jefe local de Falange y servido como alcalde del pueblo. El proceso de investigar a Mena y la historia de su familia le permite a Cercas, como escribí en otro lugar, “convertir esa vergüenza en una forma de orgullo, al reivindicar a su tío abuelo como un hombre que dio su vida por una causa, un gesto que —decide— no fue menos noble porque esa causa fuera la equivocada”.

En el primer artículo, Espinosa cuestionaba la forma en que Cercas relataba varios elementos clave de la historia de su familia, de la región y del país. Le molestaba en particular la caracterización del tío abuelo como una persona que luchó por el lado equivocado, pero al que no cabía condenar moralmente porque —víctima que era de “una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero”— creyó que estaba luchando por una causa noble y digna y murió por ella. Manuel Mena, escribe Espinosa, no fue ningún niño inocente o envenenado; “pudo elegir entre respetar las leyes o actuar al margen de ellas y decidió lo segundo”.

Como historiador especializado en la Guerra Civil y la represión franquista en Extremadura y Andalucía, Espinosa también cuestionaba varias de las caracterizaciones de Cercas sobre la actuación de sus parientes en los años de la República, la guerra y la posguerra, así como, en términos más generales, su descripción del ambiente político en Ibahernando y los eventos que allí se produjeron. Así, Cercas escribe sobre el hecho de que sus abuelos fueron detenidos en los meses anteriores a la sublevación por almacenar armas en una finca y afirma: “A estas alturas todo estaba preparado para que el país entero volase en mil pedazos”. Aquí, le parece a Espinosa que el novelista “da crédito a ese tipo de rumores que circularon a posteriori por todos los pueblos con el único objeto de justificar el golpe y la represión”. De forma similar, Espinosa matiza el cambio de actitud que Cercas cree percibir en su joven tío abuelo, que para 1938 parece ya haberse hartado de la guerra a la que entró con tanto entusiasmo. En el relato de Cercas, el desengaño, que también se extendió a sus abuelos, sirve para rescatar moralmente a sus parientes. Según Espinosa, sin embargo, es más probable que el desencanto sobre la guerra se debiera simplemente al hecho de que, cuando los rebeldes fracasaron en su intento por tomar Madrid, “el golpe devino en una guerra interminable, una guerra de verdad y no la escabechina que venían practicando desde julio”. Así, “la decepción que sufrieron Francisco Cercas y Manuel Mena de la que habla Cercas no era otra cosa que el terrible choque que la guerra de verdad produjo incluso en aquellos que la provocaron. La guerra no era lo que les habían contado”.

Además de estas cuestiones de interpretación o lo que, con George Lakoff, podríamos llamar el framing del asunto, Espinosa también señala lo que considera serios problemas de terminología. Cuando Cercas escribe que “estalló” la Guerra Civil, encubre, según Espinosa, lo que no fue un estallido sino un golpe militar. De la misma forma que, para Espinosa, los asesinatos cometidos por los rebeldes no eran paseos cometidos por incontrolados sino que entraban en “un plan de exterminio perfectamente organizado por los militares y civiles que movían los hilos de la maquinaria represiva”; “hablar de paseos”, por tanto, “es ignorar la mecánica represiva puesta en marcha por los sublevados”.

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Campesinos de Miajadas (Cáceres), detenidos y custodiados por la guardia civil

Entre los doce asesinados en el pueblo de Ibahernando en los años de la guerra se encontraba una mujer joven, de 22 años, llamada Sara García, que Espinosa identifica como maestra. Cercas, en su libro, cita a varias personas que conjeturan que el asesinato puede haberse debido al hecho de que García tenía un novio izquierdista que estaba en zona republicana, aunque también puede haber sido un acto de venganza celosa de otro pretendiente. Espinosa critica a Cercas por no considerar otro motivo, más directamente político: el hecho, precisamente, de que García fuera maestra. “Por su edad”, escribe, “la maestra Sara García pudo ser una de esas maestras de la generación de la República que no encajaban de ninguna manera en los planes de enseñanza que los sectores más reaccionarios de la sociedad española, con la Iglesia en cabeza, impusieron de inmediato”.

Para Espinosa, con El monarca Cercas recaía en hábitos ya manifiestos en sus otros libros de tema histórico, como Soldados de Salamina y El impostor, en particular la ambigüedad a la hora de calificar ciertos actos y eventos históricos. En un momento, por ejemplo, Cercas describe la Falange como “la milicia armada de la reacción en el violento expediente de urgencia segregado por la oligarquía para terminar con una democracia que pretendía reducir sus privilegios…” y en otro la asocia con el “idealismo romántico y antiliberal, la radicalidad juvenil, el vitalismo irracionalista y el entusiasmo por los liderazgos carismáticos y los poderes fuertes de aquella ideología de moda en Europa”.

Espinosa no ha sido el primero en señalar este tipo de ambigüedad política en la obra de Cercas. En una reseña de Anatomía de un instante, que trata del golpe fallido del 23F, el filósofo José Luis Villacañas ya había llamado la atención sobre la ambivalencia que exhibe Cercas en lo que respecta a “la valoración moral” de los actores en los episodios históricos que relata. Como apuntaba Villacañas, esa falta de definición explica parte del éxito de Cercas, pero también constituye su mayor debilidad: le permite a Cercas “ofrecer elementos para todos los públicos”, al mismo tiempo que, en el fondo, rehúye de su responsabilidad como creador e intelectual. Cercas “fomenta la imaginación de cada uno, pero no se compromete con un argumento político claro y maduro”, afirma Villacañas. “Los románticos”, agrega, “llamaban a esto schweben, flotar”.

Guerra Civil
Academia nacional de jefes de centuria de las milicias de Falange (finca de Pedro Llen, Salamanca)

El artículo de Espinosa se titulaba “Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismo”, un titular quizá algo sensacionalista pero que no dejaba de cubrir la dura carga crítica del texto: para Espinosa, la ambigüedad mencionada —y la caracterización de Mena como un héroe ingenuo, un Aquiles— implicaba un claro intento por suavizar lo que representaba el fascismo español antes, durante y después de la guerra. Para Espinosa, este intento es tanto más nefasto cuanto el conocimiento histórico, entre el público lector, de la naturaleza del fascismo español deja todavía mucho que desear. De ahí su indignación e irritación como historiador profesional: “los historiadores llevamos décadas intentando comprender las causas y consecuencias de la destrucción de la II República y por ahí en medio aparece Cercas disfrazado de historiador e inventándose lo que le viene en gana con el aplauso de los que nunca han querido que se conozca ese pasado”.

A los quince días de salir el texto de Espinosa, eldiario.es publicó una respuesta, no de Cercas sino de Luciano Fernández, otro historiador extremeño, titulado “Ante las mentiras de Francisco Espinosa sobre Javier Cercas”. Además de expresar sorpresa ante la vehemencia de la crítica de Espinosa (“Ya el mismo titular me parece brutal y la acusación gravísima”), Fernández —que se identifica como amigo y pariente de Cercas— afirma que “se trata de un artículo difamatorio, sorprendentemente lleno no sólo de rencor y de insultos, sino también de tergiversaciones y conjeturas sin fundamento, pero sobre todo de invenciones y mentiras, entre ellas la de que Javier Cercas justifica el golpe de estado del 18 de julio de 1936 y los asesinatos y el terror que lo siguieron”.

Fernández procede a señalar varios errores en el texto de Espinosa. Este se equivoca en la afiliación política del abuelo paterno en los años antes de la guerra (no militó en Unión Republicana sino en Acción Republicana); confunde al abuelo materno de Cercas con el padre de Manuel Mena; y señala que Sara García, la joven asesinada, no era maestra. Para Fernández, estos “barbaridades” son directamente “mentiras”. “Espinosa”, escribe refiriéndose a Sara García, “trabaja para devolver la dignidad a las víctimas del franquismo, pero, para arrojárselas a Cercas, miente sobre esta víctima del franquismo”.

Congregación evangélica de IbahernandoC
Congregación evangélica de Ibahernando. Una de sus componentes, Sara García, sería asesinada en 1936 (foto: protestantegigital.com)

Una semana después, Espinosa contestó en el mismo medio con una contrarréplica, “A vueltas con Javier Cercas”. Admite de inmediato haberse equivocado en los tres errores factuales señalados por Fernández. En el caso de Sara García, confiesa, se dejó guiar por una información errónea en Internet. Niega, sin embargo, que se trate de errores intencionales (es decir, mentiras en el sentido más común del término). “Como cabe suponer”, afirma  respecto a la supuesta profesión de Sara García, “carecería de sentido alguno, dado el poco recorrido que tenía, que me lo hubiese inventado”. También afirma Espinosa que el “núcleo” de su línea argumental “se mantiene”:

“En su escrito Fernández Gómez pasa de puntillas sobre las cuestiones clave de mi artículo: la crítica del invento de la egoficción; la contextualización de la deriva familiar fascista; la ubicación de Mena dentro de los miles de jóvenes, unos en defensa de la República y otros del fascismo, que encontraron la muerte; la disimulada desacreditación de la República; la decepción que conllevó la evolución del golpe triunfante hacia una terrible guerra civil, convertida por Cercas en la clave justificadora del personaje, que como un profeta decide dar su vida por los demás familiares; el reparto de las responsabilidades; la terminología del que aún no se ha planteado el lenguaje de los vencedores; el desconocimiento de la mecánica represiva; la calculada ambigüedad de todo el relato; la estrecha relación de la obra de Cercas con el espíritu que llevó a la vergonzosa declaración gubernativa del PSOE de 1986; la comprensión de lo ocurrido en su pueblo, que viene a representar a España según Cercas, en base a los rumores sobre lo que preparaban los izquierdistas, la gravedad de la situación, la deriva revolucionaria, la atmósfera de violencia…; el olvido absoluto de las tramas que organizaban la destrucción de la República o, finalmente, la crítica de la tesis principal, esa que mantiene que la razón política y la moral no tienen por qué ir juntas, de modo que, aunque no se tenga la primera, se puede tener la segunda”.

Esta última afirmación le lleva a lo que quizá sea en punto principal de su crítica:

“Es este relativismo moral el que sitúa la obra de Cercas en el lugar ideológico que le corresponde, ya que si su tío abuelo es políticamente condenable y moralmente irreprochable cabe extender la misma fórmula al resto de quienes apoyaron el golpe y provocaron la guerra y, por extensión, a sus afines europeos, de modo que quienes lucharon por su implantación no tenían la razón política pero sí podían poseer la razón moral”.

Aquí Espinosa echa la base de un debate de mucho interés histórico y moral; un debate que, sin embargo, aún no se ha producido porque Cercas no se ha prestado a él. Si su columna reciente de El País indica algo, es que no está dispuesto a entrar en debate porque considera que sus críticos no se lo merecen.

No deja de ser una lástima. En todas sus obras que tocan sobre temas de memoria histórica, Cercas adopta posiciones conscientemente polémicas. Esto es de agradecer. Cuestionar interpretaciones existentes, provocar debate, es bueno y necesario en una democracia. Sobre todo en lo que respecta a la narración sobre el pasado. El problema no es este. El problema es que Cercas parece poco dispuesto a asumir las consecuencias de sus provocaciones —las críticas—, como tampoco parece dispuesto a asumir el hecho de que él, dado su lugar en el paisaje mediático español, ocupa una posición de poder que conlleva privilegios —sin ir más lejos, disponer de una columna en El País Semanal en que puede decir lo que le viene en gana y pasarse de rosca— pero también responsabilidades.

Cáceres
Salida de una misa en la Iglesia de Santa María, Cáceres, en 1936. (“Hoy”).

Francisco Espinosa es un historiador de reconocido mérito, cuya extensa obra, producida a lo largo de 30 años, es esencial para comprender la verdad de la represión fascista durante y después de la guerra, así como los continuos intentos en la España democrática por esconder esa verdad. Calificarle de “mentiroso” y, por tanto, de “émulo fiel de Hitler” solo porque, en una crítica seria del trabajo de uno, cometió un par de errores que no dudó en asumir, es un acto de mala fe.

Mientras tanto, quedan sin responder las críticas a la obra de Cercas que varios llevamos formulando desde hace años, como el matizado ensayo que Ignacio Echevarría le dedicó a El monarca de las sombras en diciembre pasado, o los que yo mismo les dediqué a El impostor o a Anatomía de un instante. Son textos que reconocen el valor y la originalidad de la obra de Cercas, al mismo tiempo que se atreven a cuestionar algunos de sus decisiones estéticas y planteamientos morales y políticos.

Sería realmente estupendo —no para nosotros, sino para la calidad del debate público en España— si en algún momento Cercas se dignara a respondernos, con toda la vehemencia que quiera, pero también con la buena fe y la seriedad que estos temas se merecen.

 


Foto de portada:  Matanza de las tropas de Yagüe en Talavera (Hemeroteca Municipal de Sevilla).

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