Resumen de las ponencias al Congreso “Queda mucho por decir sobre la Guerra Civil” (UNED, Zamora, 27-29 marzo de 2019)

 

Durante los cuarenta años de dictadura la primacía en la producción historiográfica sobre la Guerra Civil quedó en manos extranjeras (Brenan, Carr, Thomas, Preston…). La expansión del conocimiento historiográfico que llegó a partir de la Transición se explica al menos por tres vectores: el acceso a los archivos, la aplicación de nuevos enfoques heurísticos y metodológicos y la especialización (Ángel Viñas). La efemérides del fin de la guerra hace 80 años es una oportunidad de comprobar lo poco que aún seguimos sabiendo para  continuar en la tarea de la construcción del pasado. Se presentan a continuación los resúmenes de las ponencias y dos comunicaciones (DRH). El programa del congreso en este mismo blog : https://derehistoriographica.wordpress.com/2019/02/03/queda-mucho-por-decir-sobre-la-guerra-civil-aportaciones-recientes-y-reflexiones-ochenta-anos-despues-congreso/

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La República, ¿víctima o responsable de la Guerra Civil?

Eduardo González Calleja
Universidad Carlos III de Madrid

Con frecuencia los historiadores hemos ofrecido una visión sesgada y maniquea de la violencia política producida durante la República. La imagen que ha prevalecido es la de las violencias desbocadas de la primavera de 1936, que algunos autores han transformado en elemento explicativo determinante, precipitante o justificativo de la guerra civil. Habría sido ésta una violencia político-ideológica, polarizada en torno a las antinomias fascismo/antifascismo o revolución/contrarrevolución, pero abocada en último extremo a la conquista del Estado, como un “ensayo general con casi todo” del inminente conflicto fratricida.

Esta visión resulta hoy claramente insostenible. La violencia no nació en la etapa del Frente Popular, ni éste fue el responsable único o último de los graves conflictos que trataron de resolverse mediante un golpe de Estado, y tras el fracaso de éste, en una contienda civil. La violencia se manifestó a lo largo de todo el período republicano desde muy diversas líneas de fractura —no sólo, ni fundamentalmente, de orden político—, y actuó como un enérgico corrosivo de todo tipo de consensos internos entre grupos sociales, comunidades, formaciones políticas y sindicales, corporaciones o instituciones estatales y paraestatales[1]. Esta violencia polifacética tuvo su campo preferente de expresión en el ámbito local, que fue el escenario donde se había dirimido el cambio de régimen en la primavera de 1931, donde más incidencias tuvieron las reformas y las contrarreformas impulsadas por los distintos gobiernos, donde se libró con más tenacidad la lucha por el poder, tanto real como simbólico, y donde el Estado republicano evidenció con más claridad su ineptitud para hacer frente a esa dispersión y erosión de la autoridad que fueron causa de su crisis y derrumbe.

[1]Eduardo GONZÁLEZ CALLEJA, “La dialéctica de las pistolas. La violencia y la fragmentación del poder político durante la Segunda República”, en Javier MUÑOZ, José Luis LEDESMA y Javier RODRIGO (coords.), Culturas y políticas de la violencia. España siglo XX, Madrid, Siete Mares, 2005, pp. 101-146 y 343-349


 

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Sobre los orígenes agrarios de la Guerra Civil

Ricardo Robledo
Universidad de Salamanca y Universidad  Pompeu Fabra

“La lucha por la democracia es paralela a la lucha por el dominio de la tierra”, escribió José Cascón en 1930, el ingeniero mirobrigense que mejor supo aunar técnica y sociedad en la cuestión agraria. En junio de 1936, con la reforma agraria realmente en marcha, el ministro de Agricultura Ruiz Funes pronunció un discurso en el que, entre otras cosas, afirmó: “la definitiva consolidación en España de una República democrática [es] la obra fundamental de la Reforma Agraria”. En el intervalo de esos seis años, que va de la República como esperanza a la República amenazada, por un golpe militar del que habia indicios hace tiempo, tiene lugar el principal, si no el único, periodo de la historia contemporánea en el que se intentó la democratización económica y social del campo, con todas las reservas que pongamos al término de democracia en los años 30. Cuando hace cuarenta años se restauró la democracia, ya no había campesinos, o, para ser exactos, la cuestión agraria tenía otras variantes que no siempre supieron captar los partidos de izquierda.   La estrecha relación entre política distributiva y democracia es una hipótesis bien contrastada desde A. Smith (“allí donde hay grandes propiedades, hay grandes desigualdades. Por un hombre muy rico debe haber, al menos, quinientos pobres…”)- a los teóricos del desarrollo que han correlacionado positivamente desigualdad y decrecimiento económico.

Es un lugar común incluir la cuestión agraria en los antecedentes de la guerra civil,  sobre todo si se la reduce tendenciosamente a la «anarquía» que reinaba en los campos desde la llegada de la República  y muy especialmente en los meses del Frente Popular. A diferencia de las ocupaciones de fábricas que se desarrollaron en otros países, las invasiones de fincas suelen percibirse, quizás, con un mayor grado de fractura social y de violencia simbólica. Si prescindimos de la coartada que ofrece esta visión más o menos catastrofista para la historia conservadora, resulta improcedente relacionar causalmente conflictividad social agraria y guerra civil, no solo por la falacia del post hoc ergo propter hoc que hace dos siglos y medio criticó David Hume, sino por su correlación con una guerra que fue más bien fruto de una persistente conspiración que derivó en un frustrado golpe militar. La desproporción salta a la vista mucho más si reparamos en que la reforma agraria, en cuanto reparto de tierras, no tuvo relevancia hasta marzo de 1936. No dejaría de ser una imputación paradójica hacer responsable del estallido de la guerra civil a la reforma agraria republicana si se acepta al mismo tiempo que fue un fracaso y defraudó expectativas de obreros y campesinos.

El tema de la reforma agraria ha ido suscitando una atención creciente. Al menos se contabilizan 130 referencias  en los últimos veinte años (Robledo, 2017)  En la ponencia se expondrán algunas revisiones de la historiografía política y económica. Se ha pasado del fin de las grandes certezas a la búsqueda de algunas certidumbres e hipótesis más convincentes. La tesis tradicional sobre la conflictividad agraria, calificada de más o menos materialista, tiene el contrapunto de la visión panglossiana de Díaz del Moral sobre los cambios del primer tercio del siglo XX que goza de cierta audiencia.  La fortaleza y debilidades de la obra de Malefakis, a punto de cumplir el medio siglo, se convierte en referencia obligada. Todo ello, conscientes de nuestros límites y sin  “ansiedad cartesiana”.


 

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Lo que hemos aprendido sobre el éxito y el fracaso de la conspiración militar

Francisco Alía Miranda
Universidad de Castilla La Mancha

         Tradicionalmente, la historiografía ha visto la conspiración de la primavera de 1936 como improvisada, mal planificada y peor ejecutada. Algunos autores (Payne, 2006 y 2016; Planchón, 2018) hablan de un pronunciamiento decimonónico, con sublevaciones escalonadas y revueltas mal conectadas y, en algunos lugares, como Madrid y Valencia, convertido en un auténtico cuartelazo.

Frente a estas versiones tradicionales cada vez nos parece más segura la dedicada planificación ejecutada por el director de la conspiración, general Emilio Mola. El golpe militar de julio de 1936 tuvo una estrategia muy diferente a levantamientos anteriores para evitar el fracaso de éstos. Hay que recordar las sublevaciones de 1929, 1930 y 1932, cuando todas las fuerzas comprometidas tenían orden de actuar el mismo día y a la misma hora. Incluso para evitar desafecciones de última hora, exigió el compromiso por escrito de muchos conspiradores.

Ahora no se preveía la sublevación de las guarniciones comprometidas en un día y hora concretas, sino que Mola dio libertad a cada plaza para que buscara el momento más oportuno. El triunfo escalonado de las guarniciones provocó un efecto dominó e imparable, en gran parte, para el Gobierno. También el general Mola ideó un sistema de compensación para hacer de la sublevación un movimiento general, que recorriera todas las provincias, sin excepción. Allí donde no había fuerzas militares o donde éstas no terminaban de comprometerse, Mola invitó a la Guardia Civil o a civiles, falangistas principalmente, a protagonizar la sublevación. El plan estratégico de Mola, por tanto, no fue ni mucho menos improvisado, sino meditado en función de las experiencias pasadas, de las circunstancias del momento y de las limitaciones de los medios de comunicación y de transporte.

También hemos aprendido en los últimos años que las causas de la conspiración y sublevación no pueden apuntar exclusivamente al período de la Segunda República, ni a su fracaso, ni a la conflictividad social, ni al gobierno del Frente Popular, ni a la configuración de una revolución comunista en España, ni al asesinato de Calvo Sotelo, aunque muchas de ellas sean sostenidas en libros recientes, como el de Miguel Planchón (2018). Además, conocemos con más detalles la implicación del general Francisco Franco en la conspiración (Viñas, 2011 y 2018), a pesar de los muchos autores que aún hoy intentan exculparle de su compromiso, mientras otros le quieren dar todos los méritos de la misma.


 

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Los momentos decisivos de la guerra. Valoración de las estrategias militares

Juan Carlos Losada Malvárez

Momentos decisivos de la guerra

  • Dificultad en separar momentos militares y políticos. La división interna republicana como uno de los factores decisivos.
  • La sublevación. Dónde triunfa y fracasa. La importancia del factor azar y del factor humano. Las indecisiones. La historia local como tema a explorar.
  • El paso del Estrecho.
  • La liberación de Toledo y el fracaso sobre Madrid. Una guerra duradera.
  • Mayo del 1937. Negrín al poder.
  • La toma del Norte. La suerte está echada.
  • El canto del cisne: la batalla del Ebro.
  • La traición de Casado. Hundimiento en vez de retirada. Consecuencias a corto y a largo plazo.

 

Estrategias

  • Simultaneidad: última guerra colonial preindustrial y primera guerra moderna y total en donde no hay retaguardias. Experimentación II G.M. (tanques, aviación, propaganda…).
  • Improvisación, división y desorganización, frente a unidad de mando y disciplina.
  • Predominio de objetivos políticos en el bando franquista.
  • La victoria basada en la acumulación de medios y en el desprecio de las bajas.

 

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El papel de la retaguardia: movilización, espionaje y quinta columna

Carlos Píriz González
Juan Andrés Blanco Rodríguez
Universidad de Salamanca

Analizamos en esta ponencia algunos aspectos de la implicación de la retaguardia en la guerra. Comenzando por la incorporación de decenas de miles de civiles voluntarios al esfuerzo militar de ambos bandos en los primeros meses del conflicto.

El fenómeno miliciano constituye uno de los más importantes hechos que configuran las peculiaridaes de la guerra civil española de 1936. Una masa de gentes de casi todas las condiciones, y casi todas las edades también, acudió a componer ciertas unidades armadas que se constituyeron para defender la República o para pretender destruirla. De esta forma, la guerra civil española, aunque promovida, sin duda, por una parte del Ejército, tuvo un significativo componente de voluntariado en las filas de los combatientes. Especialmente en los primeros momentos.

El fenómeno en cuestión refleja la realidad de que la guerra española tuvo como componente determinante en su desenvolvimiento inmediato, y como uno de los factores más determinantes también de las transformaciones que en ambos bandos se produjeron hasta bien avanzado el conflicto, un fuerte sustrato de enfrentamiento social que se materializa en la presencia de un elevado número de combatientes voluntarios en las filas de las fuerzas armadas. Es decir, la movilización social extraordinaria que supone la guerra se refleja en la amplitud de formación de milicias en ambos bandos.

Como puso de manifiesto Julio Aróstegui, se precisaba un estudio en profundidad sobre el significado de las milicias de distinta adscripción y su papel, controvertido sin duda, en la conformación del Ejército Popular, sin duda muy distinto al que siguieron las del bando franquista, que para el caso carlista estudio en profundidad el propio Aróstegui.

Pero siendo importante, el impulso voluntario se redujo muy pronto y hubo que recurrir a la movilización forzosa, aspecto al que se ha prestado atención más recientemente. En su conjunto la guerra se libró fundamentalmente con tropas reclutadas a la fuerza y bajo estricta vigilancia disciplinaria que se aplica, según los bandos, con algunas diferencias. En ambos bandos el reclutamiento fue obligado y en ambos se recurrió a distintas estrategias para impulsar la moral de combate. Sin olvidar las preocupaciones reales de unos soldados más pendientes de los riesgos que corrían y las condiciones de vida que les afectaban que dan lugar a que la deserción y el automutilamiento para evitar la recluta sean actuaciones más frecuentes de lo que se ha creído.

Esta ponencia versa, también, sobre el nacimiento y las consecuencias de la irrupción del quintacolumnismo en el conflicto. La Quinta Columna, aparecida como concepto los primeros días de octubre de 1936, significó un revulsivo a nivel informativo desde entonces para el contraespionaje leal. La dinámica de guerra civil, con la consolidación de frentes y retaguardias, permitió que los medios propagandísticos republicanos se encargasen de visibilizar el problema, lo que fomentó el desarrollo de un ambiente alarmista propio de una psicosis colectiva. En consecuencia, además, pronto el concepto fue manejado a modo de chivo expiatorio, lo que generó la movilización social y bélica para exterminarla. Y dos fueron las respuestas dadas en este sentido: por un lado, la de las organizaciones políticas y sindicales del Frente Popular y, por otro, la de las autoridades y medios gubernativos.

Aunque en la retaguardia republicana el fenómeno de la Quinta Columna fuera visto como un mito, aun con cierto poso de veracidad, era, sin duda, una realidad. Se trataba de un fenómeno hasta entonces no conocido basado en la guerra irregular desarrollado por organizaciones clandestinas dedicadas al espionaje, el sabotaje y el derrotismo. Se extendía entre los mayores y más destacados núcleos urbanos leales (Barcelona, Madrid, Valencia y Almería-Cartagena). De ellos, por su trascendencia, destacó el caso de la capital del país, donde se dieron cita numerosos grupos como la red «Fernández Golfín» o la «Organización Antonio», ambas con ramificaciones en todas las instituciones públicas y militares, de donde extraían datos para sus codiciados informes. Precisamente gracias a esos documentos, que eran debidamente trasladados a la otra retaguardia por diversos medios (enlaces y guías a pie, radiotelegrafía o valija diplomática), los mandos rebeldes llegaron a anticipar movimientos militares de sus enemigos y, sobre todo, a manipular el final de un conflicto —que ahora cumple 80 años de su conclusión y del que queda mucho por decir— de cara a su favor.


 

6

El papel de la propaganda y la propaganda de papel

Jesús A. Martínez Martín
Universidad Complutense de Madrid

La prensa y todo tipo de publicaciones, en forma de libros, folletos, hojas volantes, pasquines, carteles, postales y papeles fueron instrumentos vitales de la propaganda y de los discursos elaborados tanto en la España en poder de la República como en el territorio dominado por la sublevación. Fueron un arma ideológica de primera magnitud al servicio del conflicto para configurar una guerra de propaganda como un elemento fundamental de la guerra misma. Pero el objetivo de la intervención no es tanto el análisis de los contenido ideológicos de la propaganda, con todas sus dimensiones terminológicas y conceptuales, como el estudio de los medios impresos y las condiciones de producción y distribución en las que se desenvolvieron. Se atenderá a las transformaciones editoriales, la naturaleza de la producción y la tipología de una cultura impresa muy plural que se adaptó a las circunstancias de guerra, con la eclosión de las hojas volantes, la prensa efímera y la prensa de trinchera, junto a los órganos de múltiples partidos, organizaciones, unidades del ejército en sus más diversos escalones, unidades de milicias o barriadas, estableciendo las diferencias de los medios impresos en los dos territorios y los márgenes definidos por la censura de guerra. La dimensión propagandística se desplaza así hacia el estudios de la circulación social de los impresos, de los lectores y de sus prácticas de lectura, en cuanto a los espacios, los tiempos y las formas de relación con los textos. Afectó a  todos los frentes y las retaguardias, por necesidades y exigencias de la agitación y alteró las formas de apropiación de los textos, porque todas las lecturas se hicieron en función del conflicto. Una revolución de la lectura a menudo ejercida de forma oral y colectiva y sobre todo con un carácter militante que situó el acto de leer como un instrumento de lucha, un gesto supremo de liberación y un horizonte de emancipación.


 

7

La ofensiva de Cataluña en las imágenes del CTV:

análisis del documental I legionari italiani in Catalogna (1939)

Daniela Aronica
Universidad de Barcelona

Hace unos años, en el Bundesarchiv-Filmarchiv de Berlín, rescaté un documental sorprendentemente ignorado o bien citado en la bibliografía secundaria como título alternativo de Volontari. Su visionado me permitió descartar esa hipótesis peregrina, a todas luces basada en meras conjeturas, pese a que ambos mediometrajes resultaran desde hacía tiempo accesibles a los estudiosos. El filme, producido por el Stato Maggiore del Ministero della Guerra desde su sección Ufficio Addestramento – Cinemateca, es el único sobre la guerra civil con esta autoría localizado hasta la fecha. Su título es I legionari italiani in Catalogna.

Tirando de ese hilo, en mis posteriores rastreos en el archivo del Ministero degli Affari Esteri, descubrí que, en los últimos compases de la guerra, se había creado una sección cinematográfica totalmente independiente del Nucleo cinematografico in OMS. Ocurrió el mismo día en que comenzó la batalla de Cataluña, y la orden salió del Ministero della Guerra.

La disputa administrativa que siempre amenazaba el funcionamiento del Nucleo cinematografico, por un lado, y las reforzadas medidas censoras por parte del gobierno de Burgos, por otro, debieron de aconsejar tal iniciativa, que aseguraba un control aún mayor sobre el trabajo de los cámaras activos en España, al tiempo que garantizaba una cobertura a la altura de una campaña en la que Mussolini había planeado volcarse a fondo y que se auguraba como definitiva.

En I legionari italiani in Catalogna se recoge todo el material que los cámaras de aquella sección creada ad hoc rodaron durante la ofensiva, tras pasar naturalmente el filtro de la censura. Se trata de imágenes inéditas y de sólida factura, con tomas a menudo sacadas cerca de la línea de fuego: quien las trabaja, además de controlar el dispositivo cinematográfico, entiende de táctica militar.

Cataluña es representada como un territorio más a conquistar dentro del diseño imperial de Mussolini. Las circunstancias externas explican esta aceleración. Con la caída de Barcelona, la guerra podía darse por concluida. De ahí que se esfumaran por completo las razones de oportunidad y de prudencia por parte del duce en la forma de ensalzar su participación en la contienda española: una eufórica voice over, de hecho, les otorga todo el protagonismo a los legionarios del CTV.

Finalmente, por la localización de la copia y la datación del documental (primavera-verano de 1939), no parece descabellado inferir que Mussolini emplease el filme para alardear de poderío militar ante Hitler. Lo cual explicaría los 12’ dedicados a la parada de la victoria en Barcelona, donde solo parecen desfilar italianos.

Todo ello hace que I legionari italiani in Catalogna sea un documental en extremo trascendente para entender de qué manera el relato de la propaganda fascista en torno al conflicto funcionó asimismo como uno de los instrumentos –y no el de menor calado– con los que Mussolini intentó mantener la iniciativa durante y después de la guerra presionando a Franco e impresionando a Hitler. O, por lo menos, intentándolo.


 

8

Lo que hemos aprendido sobre el papel de las mujeres en la guerra civil y la posguerra. Datos y reflexiones de un balance

Encarnación Barranquero Texeira
Universidad de Málaga

La historiografía sobre las mujeres y la guerra civil ha mostrado algunas especificidades, tanto en los focos de atención, en los tiempos en los que se han abordado las investigaciones o en la metodología. Asimismo en los colectivos de investigadoras, mayormente –el denominado feminismo académico-, que ha impulsado los estudios de género, entre los que la Historia de las Mujeres ha sido el más importante y la guerra un tema preferente.

En los balances historiográficos sobre la materia se ha destacado el relativo retraso, incluso la invisibilidad de las mujeres en las investigaciones que se acercaban  a aspectos generales, militares o políticos, sobre todo en una primera época. Si el conocimiento sobre la guerra se vio dificultado por multitud de problemas archivísticos, editoriales o políticos, un tema particular como este aún tuvo que superar otras trabas documentales o metodológicas y buscar nuevas claves interpretativas. Las primeras monografías, solían hacer algunas referencias a mujeres destacadas, como Federica Montseny o Dolores Ibárruri, a la presencia inaudita de milicianas en el frente y al contraste de los modelos de mujer en ambas zonas contendientes, pero en las últimas se ha ido superando aquella primera historia contributiva, más convencional.

Aunque no de forma exclusiva (el CIHD y otros), las asociaciones de estudios de mujeres, en su mayoría  adscritas a las universidades, han sido el marco de los principales avances en el conocimiento de la mujer en la guerra civil. A los primeros trabajos sobre las milicianas, las mujeres anarquistas o el trabajo voluntario, que trataban de llenar un vacío casi absoluto, fueron añadiéndose nuevos temas, como la violencia específica sobre ellas  en el marco de las guerras o la represión, en sus múltiples facetas. Frente al modelo republicano reformista y modernizador que llevó a la conquista de una legislación más igualitaria, que se vio desarrollada en la zona republicana de la guerra, el modelo tradicionalista, el plan moralizador franquista, que afectaba rotundamente a las mujeres, generaba un contraste más profundo que en otros ámbitos y de ello han dado cuenta en los últimos años originales planteamientos.

Los datos que vamos conociendo tanto en lo que se refiere al castigo físico: porcentaje de fusiladas, procesadas en los juicios militares, presas…, como los relativos a las estrategias de supervivencia en la posguerra, castigos por parentesco o participación en resistencias cotidianas, forman parte de los nuevos focos de atención y a ello han contribuido los fondos de las cárceles de mujeres, los testimonios orales, las memorias escritas, las cartas, fotografías y otros documentos menos clásicos. Todos ellos son aspectos que desarrollamos en esta ponencia.


 

9

El papel de la Iglesia católica en la Guerra Civil.¿Qué sabemos? ¿Qué nos queda todavía por saber?

José Ramón Rodríguez Lago
Universidad de Vigo

Afortunadamente, más allá de la propaganda de la cruzada esgrimida por la dictadura, la memoria del martirio promocionada por una parte de la Iglesia, o los relatos recurrentes marcados por una buena dosis de anticlericalismo, la producción historiográfica más reciente ha permitido profundizar en el papel jugado por la Iglesia católica en la incivil contienda desatada en España entre 1936 y 1939.  Superar los tópicos establecidos por el paradigma del nacional-catolicismo, que tanto aportó en su momento, ha exigido progresar en el análisis de la diversidad de posiciones existentes en el seno de la Iglesia, desde el punto de vista ideológico – tradicionalismo, posibilismo demócrata-cristiano, clérico-fascismo -, el institucional – clero diocesano, congregaciones religiosas y organizaciones seglares – y el territorial – con Cataluña y País Vasco como factor diferencial más notable, pero no exclusivo -. También ha obligado a poner más atención en la importancia de las redes transnacionales para la toma de decisiones de una corporación con pretensiones globales – desde el Vaticano y Roma a París, Londres, Lisboa, Múnich, Friburgo o Washington -.

Frente a las persistentes reticencias mostradas por los archivos eclesiásticos españoles para favorecer un acceso profesional – alejado del trato de favor recurrente – a las valiosas fuentes generadas en este período, los historiadores españoles hemos debido acudir a archivos extranjeros – también en parte eclesiásticos – en los que este proceso de garantía y transparencia resultan más reconocible. Los archivos vaticanos, o los norteamericanos han permitido así abrir nuevas perspectivas, pero son todavía muchas las incógnitas pendientes por despejar. Sabemos ya algo más sobre las tentativas de mediación por la paz, pero persisten los claroscuros sobre las relaciones tejidas entre las autoridades eclesiásticas y las militares – especialmente con las africanistas – en un período de entreguerras en el que este factor derivó en determinante para el futuro de los diversos “nacional-catolicismos” de Europa y América.


 

10

La violencia fundacional del régimen en la guerra civil

Gutmaro Gómez Bravo
Universidad Complutense de Madrid

La guerra civil española sigue siendo uno de los conflictos con mayor número de víctimas de violencia política de la historia y no puede separarse, en modo alguno, de la dictadura franquista. Un proceso  marcado por una estrategia diseñada y concretada en abril de 1936 que preveía usar la violencia, combinada con otros medios, para asegurar el triunfo de un golpe de Estado. Su evolución, cambio y progresivo perfeccionamiento a lo largo de la guerra, proceso en el que terminó fraguándose el sistema represivo franquista, muestra la fijación de sus objetivos, destacando particularmente dos por encima de todos: la implicación social y su apariencia de legalidad.  Se propone analizar los principales procedimientos represivos desplegados por el Ejército sublevado pero también por organismos civiles, desde la Delegación de Orden Público, los planes de ocupación, el seguimiento y los movimientos de población etc del nuevo “Estado Nacional”.  La planificación y la cobertura institucional, algunas de sus señas de identidad más tempranas, se administraron de forma conjunta y coordinada gracias a la experiencia de una guerra de ocupación del territorio y del control de la población que, a su término, se había consagrado por igual a la defensa de la dictadura y de una sociedad a su medida. El paisaje de la represión quedó marcado, desde el principio, por esta capacidad de combinar y regular un alcance masivo y selectivo a la vez. El progresivo perfeccionamiento de su aparato, sería, por último, un argumento usado desde entonces  para prolongar el estado de guerra.


 

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Lo que sabemos de la represión económica. Un balance

Julio Prada Rodríguez
Universidad de Vigo

 

Por diversas razones, la represión económica suscitó un menor y más tardío interés entre la historiografía que otras manifestaciones represivas. Entre ellas, su percepción como un castigo menor frente a las diferentes vertientes de la represión física, el escaso interés de los poderes públicos y las dificultades para llevar a cabo políticas de reparación en este ámbito y las mayores dificultades de acceso a las fuentes y su dispersión.

Aun así, el largo camino recorrido por la historiografía especializada en la represión económica desde los pioneros trabajos de mediados de los años ochenta hasta las más recientes investigaciones de ámbito autonómico certifica la vitalidad de unos estudios caracterizados por la creciente incorporación de nuevas temáticas y enfoques que van más allá de la mera cuantificación de las sanciones para dar paso al análisis de nuevas realidades desde una óptica cada vez más social y cultural. Y con ello, cada vez resulta más evidente que las diferentes modalidades represivas deben ser contempladas como parte de un vasto programa de acción global que fue mucho más allá de una simple violencia engendradora de relaciones de poder, ya que perseguía asegurar la dominación y el sometimiento de los individuos para facilitar la asunción, incluso subconsciente, de los nuevos códigos y valores inspiradores del nuevo Estado.

Desde esta perspectiva, la represión económica se convirtió en un elemento central de las políticas de exclusión social de la dictadura, iniciadas ya desde la fase del golpe de Estado cuando los primeros consejos de guerra sentaron la tesis de que quienes se habían opuesto al pronunciamiento eran los únicos culpables de los daños causados por su degeneración en guerra civil. Las multas, las requisas, las incautaciones de bienes y la posterior normativa de responsabilidades civiles y políticas contribuirían a asentar todavía más en el imaginario colectivo la idea de la responsabilidad general de cuantos se identificaron, de un modo u otro, con todo lo que había representado la Segunda República.

Desde este punto de vista, cumplió a la perfección su cometido dentro del entramado represivo: más allá de su utilidad a la hora de proporcionar recursos para los frentes bélicos y para el funcionamiento de la retaguardia, acabó por convertirse en una valiosa arma de disuasión e intimidación que inhibía cualquier muestra de desafección. Si su eficacia fue tan notable se debió a que no actuó de forma aislada, sino que se proyectó sobre un cuerpo social que ya había padecido los efectos combinados de la guerra civil, de la represión física y de los restantes mecanismos de coerción y de control social empleados por el régimen.


 

12

Una zona no tan azul. Guerra civil y represión en Castilla y León

Enrique Berzal de la Rosa
Universidad de Valladolid

En 1995, Juan Andrés Blanco destacaba la escasez de trabajos sobre la Guerra Civil y la represión en Castilla y León. De hecho, solo resaltaba la existencia de unas pocas obras sobre el particular, centradas en Soria, León, la montaña palentina y el colectivo docente burgalés, aparte de libros testimoniales y de memorias. Diez años después, en vísperas y al calor del 60 aniversario de la guerra, algo más se había avanzado en este terreno, especialmente en Zamora, Salamanca y Burgos.

El mayor avance en Castilla y León se produjo al alborear el siglo XXI, alentado por factores como “la eclosión de la memoria”(todo el movimiento de recuperación y reivindicación de la memoria de los vencidos) o la incorporación de nuevas generaciones de investigadores universitarios que entroncaron con catedráticos y profesores que habían comenzado a promover proyectos, equipos, trabajos de investigación, tesinas y tesis sobre guerra civil y represión en las diferentes provincias de Castilla y León. A ellos hay que sumar la labor de docentes e investigadores más o menos ligados a las asociaciones memorialistas, la creación de Fundaciones sindicales que promueven este tipo de trabajos y la labor de edición y divulgación que llevan a cabo movimientos y organizaciones que reivindican la tradición histórica republicana.

Abundaremos en nuestro trabajo en las características más relevantes de este tipo de investigaciones (su alcance prioritariamente local y/o provincial antes que regional, su inserción en líneas de renovación historiográfica sobre este objeto de estudio, el empleo de fuentes diversificadas, etc.) y también en el estado de la cuestión a día de hoy en Castilla y León: desde el rápido triunfo de la sublevación, que para algunos explica que esta región se revelase tempranamente como el laboratorio de la represión franquista y el germen del Nuevo Estado, hasta los ritmos de la represión y las cifras concretas de la misma, las cuales, por los datos conocidos hasta la fecha, triplican las que en su día aportaron Salas Larrazábal y Martín Rubio.


 

13

Andalucía y Extremadura: la represión en perspectiva

Francisco Espinosa Maestre
Universidad de Sevilla

Los ochenta años transcurridos desde el final de la guerra civil y los cuarenta pasados desde la transición animan a ver qué hemos conseguido y qué queda por hacer. La necesidad de saber quiénes fueron las víctimas de la represión franquista ha constituido desde siempre una fuerza en sí misma. Desde un principio la represión ha sido objeto de análisis por su dimensión, ocultada hasta el final por la dictadura. Pero la investigación de la represión franquista lo es también de la República, del golpe militar, de la guerra, de la posguerra y, por encima de todo, del ciclo de violencia abierto en julio de 1936 y que como tal puede darse por cerrado dos décadas después.

Investigar ese ciclo no ha sido fácil por los diversos obstáculos de procedencia distinta que se han ido presentando a lo largo de los años, desde la Administración a los militares pasando por la propia Universidad y todo ello con los diferentes gobiernos mirando para otro lado. De hecho, de no haber existido tantas trabas y haber cumplido simplemente la legislación existente, hace ya tiempo que este asunto estaría cerrado.

En el contexto de la represión, Andalucía y Extremadura representan los casos más extremos por haber sufrido directamente el plan inicial de los golpistas de trasladar el Ejército de África a Madrid por el suroeste. La investigación de estos hechos en ambas regiones, pese a lo que se ha avanzado desde la pasada década, no ha sido fácil y resulta muy representativa de cómo ha sido este proceso.

Efectivamente queda mucho por hacer. El problema radica en saber si se nos dejará hacerlo. La realidad, con sus hechos repetidos y tozudos, no parece que vaya por ahí y si algo hemos aprendido con el tiempo es que ninguna conquista es definitiva y que todo siempre puede ir a peor. Lo que hoy sabemos de las víctimas del golpe militar ha sido extraído nombre a nombre de unas instituciones y organismos protectores de ese legado de la dictadura, que no es otro que su gran secreto: el coste en vidas de la destrucción de la República y la implantación del fascismo.


 

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Del estudio del pasado a la transmisión para el futuro: ¿qué papel desempeñan los historiadores a los 80 años de la Guerra Civil?

Matilde Eiroa
Universidad Carlos III de Madrid

En el 80 aniversario del final de la Guerra Civil española y tras varias décadas de investigación, el panorama historiográfico ha avanzado mucho en el conocimiento de este hito de la historia contemporánea de España. La publicación de textos de referencia y el trabajo intenso desarrollado por la historiografía en su polifacética ocupación investigadora y docente así lo demuestran. No podemos asumir, sin embargo, que esté todo dicho puesto que no está accesible toda la documentación de los archivos nacionales e internacionales implicados en la guerra, y los interrogantes cambian con las sucesivas generaciones. En cualquier caso, todo indica a que se ha llegado a un estadio en el que se considera que se conoce el conjunto de acontecimientos bélicos, aunque queden aspectos por determinar. Parece difícil que aparezca una documentación que anule todo lo investigado hasta el momento si bien es previsible que lo matice o que alumbre nuevas perspectivas de análisis en el entramado del conflicto.

En este marco proponemos como objetivo plantear algunas cuestiones relativas a los nuevos enfoques, los canales de transmisión del conocimiento ajenos a la historiografía, así como el papel que desempeñan los historiadores en la actualidad. Nos preguntamos qué responsabilidades se han contraído en la transmisión de esta historia, cómo debe ser su difusión en una sociedad plural y eminentemente digital en la que participan múltiples actores, con qué herramientas y en qué escenarios. El análisis de estos aspectos revela un desafío importante para la historiografía, que debe adaptarse a las exigencias de los nuevos lectores, pero también oportunidades para la transferencia de la investigación a la sociedad.


 

15

Cataluña, fracturas para después de una guerra

José Luis Martín Ramos
Universidad Autónoma de Barcelona

Las tesis políticas que sostienen que la guerra fue un conflicto entre Cataluña y España – una guerra contra Cataluña- o la derrota de un pueblo antifascista y revolucionario a manos de enemigos exteriores e interiores, ampliamente presentes en la historiografía y dominantes en la divulgación histórica y la propaganda mediática, falsean la naturaleza del conflicto y deforman su desarrollo real. La guerra fue una guerra civil, también en Cataluña. Para empezar es conveniente recordar que en las elecciones del 16 de febrero las derechas hostiles al Frente Popular obtuvieron prácticamente el 41% de los votos, más de 485.000, un volumen  de personas cuya inmensa mayoría permaneció en Cataluña durante la guerra, no pocas de ellas participando, o conociendo, en actividades de la quinta columna; y tampoco es despreciable el número de personas que huyeron a Francia, una parte de las cuales se trasladó a la zona sublevada e incluso se incorporó a sus tropas. La violencia de retaguardia en los meses del verano de 1936 tuvo un componente social y político predominante, propio de la fractura civil que se había producido. Después, en el transcurso de la guerra, esa violencia primero y las penalidades materiales que más tarde acarreó la prolongación del conflicto fueron generando la desafección hacia la causa de la República de una parte de la población, de todos los niveles sociales, que finalmente consideró el triunfo de los sublevados como un alivio y aceptó el nuevo régimen político con grados diferentes de implicación e identificación. El recibimiento de las tropas sublevadas en las localidades catalanes no se hizo en medio del silencio. Esa desafección fue particular en el mundo campesino, en el que primero se vivió un duro conflicto interno entre colectivizadores y defensores de la explotación familiar, al que siguió – cuando ese conflicto quedó neutralizado – nuevos factores de división interna por el reparto de los usos y usufructos de la tierra, la formación de una nueva capa de campesinos patronos y por el rechazo general del campesinado a la política de precios del gobierno republicano, amén del desagrado por las levas.

Por otra parte, el conflicto político de retaguardia, antes y después de mayo de 1937, mantuvo siempre en vilo la compleja unidad del campo antifascista, no solo por lo que se refiere a sus agentes políticos y sindicales, sino también a sus componentes sociales. Antes de mayo de 1937 la lucha contra la sublevación se vio entorpecida ya fuera la violencia de retaguardia ya por las discrepancias sobre la política militar o el alcance de los cambios en el régimen de propiedad y en el sistema de distribución; después de mayo, la sensación de derrota política vivida en el anarcosindicalismo llevó a una parte de éste a dejar de identificar como causa propia la lucha contra los sublevados. La división de la retaguardia no fue un factor determinante en el desenlace militar de la guerra – el determinante estuvo en la intervención exterior que dio siempre superioridad militar a los sublevados – pero si lo fue en la configuración de la postguerra, en la prolongación de la guerra más allá de su desenlace militar en marzo – para Cataluña en febrero – de 1939. La Cataluña de postguerra fue una sociedad doblemente fracturada, entre la población que se consideró vencedora y la derrotada y en el seno de esta última; doble fractura que favoreció la consolidación de la dictadura y bloqueó durante dos décadas la lucha por la recuperación de la democracia.


 

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El abandono de la República en materia de suministros de armamentos. Nuevas investigaciones

Miguel I. Campos
Colegio Gredos San Diego El Escorial

Entre los aspectos menos estudiados con la rigurosidad que merece dentro de la extensa bibliografía sobre la Guerra de Civil Española se encuentran, en nuestra modesta opinión, las compras de armamento que hizo la República en el mercado negro por toda Europa y América una vez la no intervención entró en funcionamiento. A pesar de ser un tema recurrente en la literatura desde prácticamente el fin de la guerra misma, con ejercicios más o menos alambicados para justificar la derrota republicana o ensalzar el genio militar de Franco y tras pasar por una época que defendía la teoría del equilibrio en cuanto al material bélico recibido por ambos contendientes, la historiografía empezó a demostrar que la República en más que contadas ocasiones pudo comprar el armamento que deseaba.

Precisamente nuestra ponencia aborda la versa en una demostración exhaustiva de las dificultades que encontró la República por toda Europa y América a la hora de adquirir dicho armamento y las trabas que puso la banca francesa, británica y norteamericana a las operaciones republicanas para respaldar sus compras durante el primer año de guerra, es decir, desde el 18 de julio hasta la llegada del Dr. Juan Negrín a la presidencia del gobierno republicano.

Durante este periodo, la República, abandonada a su suerte por Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, trató de adquirir armas a la desesperada en cualquier país que se ofreciese, incluida la Alemania nazi. Destacan los esfuerzos realizados en Checoslovaquia, Polonia, Bélgica y Suiza. Las únicas ayudas que recibió fueron las de la Unión Soviética y la de México. En conclusión, se puede afirmar que la República nunca estuvo, desde el punto de vista del material bélico llegado del exterior, en igualdad de condiciones para disputar la victoria a los sublevados.


 

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La inconclusa guerra de palabras en torno a la represión y el terror en la Guerra Civil

Alberto Reig Tapia

Las discusiones políticas son fundamentalmente guerras de palabras que se lanzan al escenario público como verdaderos misiles. Llevan implícita una considerable carga ideológica e incurren muchas veces en una chusca representación de la realidad, lo que lleva a interpretaciones inevitablemente vehementes y falsas de un fenómeno tan grave como la represión y el terror indiscriminados sobre la población civil. Se entablan discusiones que resultan totalmente contradictorias en función de en cuál de los dos bandos enfrentados en la contienda sitúemos nuestro observatorio. Como dijo Maurice Joly con prístina claridad: “Se aprecian mejor algunos hechos y principios cuando se los contempla fuera del marco habitual en que se dearrollan ante nuestros ojos. Algunas veces, un simple cambio del punto de vista óptico aterra la mirada”.

Por consiguiente, siendo la violencia política, la represión y el terror ejercidos en ambas retaguardias el tema más controvertido de la Guerra Civil no puede sorprender que aún colée y siga suscitando inacabables y airadas discusiones. En primer lugar, se puso el énfasis en el terror desplegado por el enemigo al margen de las tan proclamadas como desprestigiadas “leyes de la guerra”, pues si algo se quiebra en el comienzo de las hostilidades es la ley. Y, como tópicamente suele repetirse en frase atribuída al senador estadounidense Hiram Johnson en 1917: “La primera víctima cuando llega la guerra es la verdad”. A partir de ahí se hará uso de los eufemismos más chuscos para ocultar y deformar la realidad de los hechos.

No existen o se reconocen más criminales que los del bando contrario que cometían toda suerte de tropelías y cuyas víctimas se contaban por milllones y sobrepasaban los límites más inimaginables de la sevicia humana. Como dijo Gerald Brenan: “En las guerras de clases, el bando que gana es el que más mata”. En las de clases y en cualquier otra, las investigaciones de campo corroboran plenamente semejante aserto, que es de pura lógica. Pero, claro, en el caso de la Guerra Civil española, el bando vencedor en tanto que salvador de la civilización cristiana de Occidente frente a las hordas marxistas y asiáticas del Oriente, no podía aceptar haber matado y asesinado indiscriminadamente más que el bando al que acababa de derrotar, y al que presentaba como paradigma del terror más sanguinario y las sevicias más inimaginables. En consecuencia, tras las oleadas de mera propaganda se trató de racionalizar la cuestión y sobre cierta base empírica se tuvo la pretensión de que los vencidos asesinaron más que los vencedores. El nudo central de la cuestión se redujo en consecuencia a una mera cuestión cuantitativa. Como es bien sabido, establecer con precisión semejante contabilidad resulta muy difícil o poco menos que imposible. En primer lugar, porque los victimarios, plenamente conscientes de su sevicia engalanada de necesaria, justa, patriótica o revolucionaria, tratan siempre de ocultar o disminuir el número de sus víctimas. Pero, claro, resulta prácticamente imposible hurtarse al dictamen de la historia.

Se han utilizado todo tipo de expresiones para calificar la mortandad producida en las retaguardias. Creemos que, con independencia de que en ambas zonas en guerra se cometieron barbaridades, calificados de distintas maneras: terror, represión, masacre, holocausto, genocidio, etc. Trataremos de razonar que la calificación de genocidio que hemos empleado algunos autores para describir la política de exterminio emprendida por los militares sublevadores está plenamente justificada frente a la negación de poder aplicar este término al caso español como defienden otros autores.


 

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¿Quién quiso la guerra civil? Una reescritura

Angel Viñas

Este congreso se celebra quince días antes de que salga un libro en el que he tratado de identificar las líneas fundamentales del complot que contra la República preparó un selecto grupo de conspiradores monárquicos, tanto alfonsinos como carlistas, por medio de contactos directos con la cúpula del régimen fascista italiano.  En principio una parte de esta afirmación no es nueva. Figura en la mayoría de los estudios sobre la segunda República. En general, sin embargo, el consenso entre la mayor parte de los historiadores es que tales contactos no llegaron a cuajar en términos operativos.

En 2013 me permití diferir de esta opinión gracias al descubrimiento de cuatro contratos firmados el 1º de julio de 1936 en Roma por el diputado de Renovación Española Pedro Sainz Rodríguez con la Società Idrovolante Alta Italia. Preveían el suministro de aviones de bombardeo y transporte Savoia Marchetti amén de cazas Fiat y varios hidroaviones. Una primera remesa debía tener lugar el mismo mes de julio.

Tales contratos ilustraron que el sector monárquico se preparaba, con ayuda militar italiana, no tanto para un golpe de Estado como para una guerra que probablemente estimaban de corta duración. Tal tesis ha sido rechazada por numerosos historiadores posteriores o ignorada por la mayoría, en general en la historiografía de derechas.

Un estudio más pormenorizado de la actuación de la trama civil del 18 de julio muestra los siguientes aspectos, hasta ahora no documentados convenientemente:

  • Entre 1931 y 1933 el foco de la conspiración monárquica se situó en París, desde donde era fácil trasladarse a Roma. El contacto con el régimen fascista terminó llevándolo a cabo directamente Calvo Sotelo. El famoso acuerdo de marzo de 1934 fue vigilado de cerca por él, que incluso viajó a Roma si bien permaneció prudentemente en el trasfondo.
  • Tras su regreso a España, los contactos con las instancias fascistas se intensificaron y se inició el montaje de la UME. Su actuación la coordinó un comité civil y militar con el fin de calentar los ánimos entre la oficialidad del Ejército.
  • En 1935 Goicoechea se entrevistó en dos ocasiones con Mussolini. Se conserva el expediente de su segundo encuentro. Tuvo lugar en octubre y presentó al Duce un memorando conjunto de Renovación Española y de la UME detallando los planes que iban tomándose para el caso de que las izquierdas volvieran al poder. Esta alternativa no se toleraría.
  • Tras solicitar un apoyo financiero, los contactos clandestinos se reanudaron a través de un agente de confianza italiano. Naturalmente se intensificaron en la primavera de 1936 cuando la preparación sicológica del golpe se hizo sincronizadamente a través de los medios de comunicación, tras recibir fondos de Juan March destinados a la adquisición de armas.
  • La negociación de los contratos durante el mes de junio de 1936 corrió a cargo del conocido piloto Juan Antonio Ansaldo. La tesis de que los italianos negaron una última ayuda financiera no está documentada. El historiador italiano que la lanzó se equivocó.
  • Los planes monárquicos (que apartaron a los carlistas en el tramo final) estribaban en establecer un sistema parecido al italiano, en una remodelación de la experiencia primorriverista que todos habían defendido. El objetivo era la restauración de la Monarquía con un jefe de Gobierno que sería Calvo Sotelo.
  • El asesinato de este y la impericia, por no decir estupidez, de Ansaldo al pilotar el avión que debía transportar al general Sanjurjo, dispuesto a asumir un papel temporal de regente, hundieron los planes monárquicos. En el vacío creado se coló Franco, que posteriormente se autopresentó como el planificador y líder general de la sublevación.
  • Las hasta ahora desconocidas conversaciones entre Ciano y el embajador francés en Roma, junto con los informes del primero a Mussolini, muestran el papel absolutamente fundamental de los contratos con la SIAI. Es inevitable concluir que el golpe se preparó con la ayuda fascista y que Mussolini decidió apoyarlo durante el mes de junio de 1936. Lo demás es mitología.

 

19

El abandono de la República por las democracias. Nuevos hallazgos y enfoques.

David Jorge
(El Colegio de México)

El presente trabajo recorre la dimensión internacional de la Guerra de España a través de los canales representados por los dos organismos que marcaron la actuación multilateral hacia el conflicto: la Sociedad de Naciones y el Comité de No Intervención. El primero, la Sociedad de Naciones, foro por antonomasia de la época; el segundo, el Comité de No Intervención, constituido con una base legal débil en extremo, con el objetivo de desviar el cauce decisional del anterior, y en contradicción abierta con éste. El gobierno español, así como otros gobiernos extraeuropeos -caso notable de los países latinoamericanos, con México a la cabeza-, proyectaron su política exterior a través de la diplomacia pública multilateral que ofrecía Ginebra, toda vez que fueron excluidos de las deliberaciones privadas interestatales de Londres.
A través de ambos organismos se canalizó el abandono de las democracias europeas a la
española y, con ella, al Derecho Internacional de la época y al orden estipulado en Versalles tras la Primera Guerra Mundial. De forma reiterada quedó plasmada la imposibilidad de articular los objetivos del appeasement, leitmotiv de la política exterior británica -dentro de la cual la no intervención fue una variable específica aplicada al caso español-, sin que ello implicase el envalentonamiento de los países revisionistas de Versalles. Las consecuencias de tal adulteración de las reglas de juego internacionales resultaron fatales, no sólo para España, sino para el conjunto de la sociedad internacional.
El Pacto de la Sociedad de Naciones, eje vertebrador del Derecho Internacional de la época, ya había quedado dañado en su autoridad por su violación por Japón en Manchuria y por Italia en Abisinia. Una vez iniciada la guerra en España, la política de no intervención -que en la práctica sólo operó contra la República- fue articulada lejos de los focos públicos a través del comité del mismo nombre, establecido -nada casualmente- en las mismas dependencias del Foreign Office y en impugnación implícita de las premisas del Pacto de la Sociedad de Naciones -y con ello de las garantías y deberes que atañían a los Estados miembros-. La no intervención constituyó otro paso clave tanto en el desdén hacia Ginebra como en la consolidación de la apuesta británica por una política de apaciguamiento y contemporización hacia los Estados agresores.
En un marco general, la actuación hacia España fue otro paso, esta vez sin retorno, en la deriva hacia una nueva contienda general. Constatada la imposibilidad de separar a Mussolini de Hitler, se materializó a finales de 1938 la segunda opción apaciguadora de la segunda mitad de los años treinta: un acuerdo a cuatro bandas (Reino Unido, Francia, Italia y Alemania) que cristalizaría en los Acuerdos de Múnich, en pleno expansionismo alemán. Múnich representó el canto del cisne del appeasement. En pocos meses, la República Española caía derrotada y, con ello, terminaba asimismo la existencia de la Sociedad de Naciones; ambas fueron víctimas de una ficción, la no intervención, ante la realidad del desafío de la Italia fascista y de la Alemania nazi.

Pese a la abundancia de trabajos relativos a la política de no intervención en un sentido
amplio, el foco historiográfico no se había puesto en la labor del Comité de Londres en sí, ni en su condición de organismo paralelo y desvirtuador respecto a la Sociedad de Naciones. El enfoque se pone aquí en la articulación de políticas a través de ambos organismos, claves para explicar la derrota de la República y la deriva del orden internacional. A un nuevo enfoque se suman también nuevas fuentes primarias. Se hace uso aquí de documentos del Comité de No Intervención y relativos a detalles sobre la política exterior republicana localizados en el sótano de la vivienda de Juan Negrín en París, así como de materiales del Ministerio de Estado que Miguel Ángel Marín Luna, alto funcionario del Ministerio de Estado y secretario de la delegación española ante la Sociedad de Naciones, se llevó consigo al exilio en México. La combinación de ambos fondos sirve para arrojar nuevas luces acerca tanto de las motivaciones
de las potencias ante la Guerra de España como del proceso de toma de decisiones
republicano.

 

 

COMUNICACIONES

La UGT columna y base de la victoria

Aurelio Martín López

 

El golpe de Estado del 18 de julio de 1936 fue un intento de genocidio semifallido, pues sólo en las zonas de España donde triunfó la rebelión militar (Galicia, Castilla y León, La Rioja, Navarra y parte de Andalucía y Extremadura) la represión fue dirigida sistemáticamente contra las organizaciones obreras y republicanas de izquierda.

Concretamente dicha represión fue soportada por los concejales y alcaldes de los partidos de clase obrera, así como los dirigentes de los sindicatos. En una España predominantemente rural donde el “caciquismo” había hecho frente y boicoteado las reformas sociales implantadas durante el bienio republicano socialista de 1931 a 1933 y que después del triunfo electoral del Frente Popular en febrero de 1936 se vio amenazado al implantarse éstas de nuevo con mayor fuerza, el golpe de Estado de 1936 pretendió liquidar en cada pueblo y localidad el germen revolucionario que se había apoderado de las organizaciones obreras. Como la organización más fuerte e implantada geográficamente por toda la península ibérica era la Unión General de Trabajadores (organización sindical socialista ligada estrechamente al PSOE y las JSE), fue sobre ella principalmente sobre la que recayó con más fuerza la represión.

Reproducimos un cuadro sobre la implantación de las organizaciones obreras en mayo de 1936. Es un documento inédito elaborado por la Sección de Estadística de la Dirección General de Seguridad titulado: “Afiliados en la organizaciones sociales y políticas que se indica, clasificados por provincia y por cada uno de los ayuntamientos de España en que existen aquellas organizaciones con referencia al mes de mayo del año actual 1936”[1]

La intención de la Fundación Pablo Iglesias con esta comunicación es la de incidir sobre la necesidad de seguir estudiando la represión posterior a la Guerra Civil. Aunque son numerosos los investigadores que han publicado trabajos sobre represión franquista a nivel local y regional, echamos en falta un trabajo en profundidad sobre la represión a nivel nacional, que documentos como el que sacamos a la luz en esta comunicación pueden ser de utilidad y servir como inicio para dicha investigación.

[1] Fondo Dirección General de la Policía (Archivo Fundación Pablo Iglesias)

 

La represión franquista en Zamora: Un estado de la cuestión

Eduardo Martín González 

Cándido Ruiz González

Zamora, espacio fundamentalmente agrario, es un claro ejemplo de lo que fue la represión física ejecutada por los sublevados y de la fuerte violencia que aplicaron a aquellos que consideraron desafectos a sus postulados. La represión física adquiere una magnitud escalofriante con proporciones comparables a zonas de Andalucía, sólo comprensible, si tras ella existe un plan sistemático de exterminio organizado, con un mando único y jerárquico, ausencia de resistencia organizada y de fácil ejecución.

En todo ello, hay un elemento que juega un papel fundamental, que es, a la vez, la causa y el objetivo de esta masacre: el miedo. A ello hay que añadir otro objetivo de suma importancia para los sublevados: la eliminación de los contrarios. La finalidad era acabar con todos aquellos que pretendían llevar a cabo reformas socioeconómicas y políticas, y eliminar las organizaciones y mecanismos que harían posibles tales cambios

Para aplicar esta violencia, los militares rebeldes tuvieron que asumir el monopolio de la violencia y el control del Estado. El protagonismo de los militares, la colaboración de la derecha local antidemocrática y la violencia son elementos existentes desde el primer momento.

Esta represión física presenta unos objetivos generales, comunes las zonas dominadas por los rebeldes y unos objetivos intermedios que se materializan con la represión física: La paralización mediante el terror de los rivales políticos y la ejemplarización mediante la selección de víctimas.  En su puesta en marcha utilizan diversas modalidades represivas que podemos condensar en el terror caliente (las sacas, los “camiones de la muerte” y otros métodos, como muertes tras palizas y torturas, fallecimientos en prisión por las pésimas condiciones de la cárcel de Zamora, asesinatos en el campo, muertes tras disparos por intentos de huidas en sacas o de las detenciones) y el terror frío (los asesinatos con el ropaje legal de los Consejos de Guerra).

La periodización de la represión física en Zamora conoce una primera fase, que coincide con el predominio del terror caliente (julio 1936-enero 1937) y, una segunda fase, en la que predomina el terror frío (a partir de febrero de 1937).

Los ejecutores de la represión física se encuentran en las fuerzas sublevadas (Guardia civil) y las milicias auxiliares, formadas por católicos, monárquicos, mauristas, agrarios, carlistas y falangistas.

Las víctimas comprendieron grupos sociales trabajadores como los pequeños propietarios rurales, los colonos y jornaleros, obreros de la construcción y fábricas de harinas, especialmente los que habían destacado en partidos (PSOE, PCE, IR) y sindicatos (UGT y CNT), y sus líderes políticos y sindicales, así como cargos y empleados públicos. El objetivo inicial eran los líderes, cargos políticos, dirigentes de Casas del Pueblo y personas que se significaron por su republicanismo, por su carácter reivindicativo y por su participación en huelgas, manifestaciones y medios de comunicación.

Las cifras de la represión en el estado actual de la investigación, resultan 1.507 personas, sólo podemos considerarlas provisionales y mínimas. Realizamos su distribución por los ocho partidos judiciales de la provincia y analizamos sus características socioprofesionales, personales (sexo, edades, estados civiles), familiares e ideológicas y políticas (afiliaciones políticas y sindicales, cargos políticos).

 

 

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